Barquisimeto: Una ciudad galería

Guiomar López | LA PRENSA de Lara.- El arte en la calle humaniza los espacios con la belleza en diversas formas, texturas y volúmenes. Un regalo de los creadores que sensibilizan al interrumpir el caos de la urbe de Barquisimeto

Pintan murales trascienden en su dimensión en gres, erigen impresionantes esculturas o simplemente trabajan la creación desde alguna acera.

Un paréntesis para el transeúnte que detiene su paso, se proyecta en aquella visual y se aleja por segundos del trajín de la ciudad. Barquisimeto es referencia de este arte en la calle, que sensibiliza en la proyección de belleza y muchas obras sobreviven a la indolencia de entes gubernamentales, sin la debida conservación ni restauración de mano calificada.

Cuando el maestro de la plástica, Esteban Castillo viaja en una retrospectiva recuerda el comienzo de esta cara bonita desde 1.950 con el mural que fusionaba lo abstracto en la geometría del caraqueño Armando Barrios en el Hotel Nueva Segovia ?hoy rectorado de la UCLA- en la carrera 19 con calle 8. Ya había tenido la propuesta de Carlos Raúl Villanueva de los murales para la Ciudad Universitaria de Caracas.

Dos años más tarde, dicha obra fue uno de los regalos en los 400 años de Barquisimeto, cuando también construyeron El Obelisco de 75 metros de altura hacia el oeste.

En la década de los años 60, otro caraqueño Jorge Arteaga -que vive desde hace muchos años en terruño larense- plasmó una escena de la gesta independentista en un mural realizado en la entrada de la Concha Acústica en la carrera 17 entre calles 22 y 23. Luego en la fundación de Santa Rosa y lo plasmó a la entrada de dicho pueblo.

Castillo sigue cómodo, sentado con su pierna cruzada, mientras revive momentos de su partida hacia Europa junto a Servideo López y César Andrade a finales de los años 60. Permaneció 20 años en Francia y regresó cercano a la década de los años 80, al poco tiempo elaboró un mural en el Hotel Plaza, en las proximidades de la avenida Vargas.

Faltaba poco tiempo para 1.989, cuando el maestro del cinetismo Carlos Cruz Diez dio su regalo a Barquisimeto. Evocó la grandiosidad del sol y los cambios de apreciación por los 32 paneles de su policromía que identificó como Monumento al Sol Naciente. Condenado al olvido y deterioro, razón por la cual miembros del Consejo Consultivo Ciudad de Barquisimeto rindieron tributo al recién fallecido artista, llamaron la atención para su restauración y la responsabilidad ciudadana sin condenarlo a urinario público.

Otra obra significativa data de 2.008 con el monumento Flor de Venezuela del arquitecto Fruto Vivas al este de la ciudad. Sus 16 pétalos abren y cierran, inspirada en la inmensidad de los tepuyes con la belleza de la orquídea. Un pabellón nacional que nos representó en la expo mundial de Hanóver, Alemania en el año 2.000. Lugar de encuentro en sus salas de exposiciones, auditorio, emisora y patio de adoquines.

Luego se cocinó la propuesta de Museo a Cielo Abierto en 2016 con el levantamiento de monumentos como el indio Jirahara en la avenida Ribereña y la loca Veragacha sentada a la salida que comunica a Lara con Yaracuy.

Se replicó en los municipios como El Caimán de Sanare en Andrés Eloy Blanco y el guitarrista universal Alirio Diaz que da la bienvenida a Torres, entre otros. También el distribuidor Bellas Artes de Tarabana con obras encabezadas por la emblemática cereza de Carlos Vallenilla, los caballos de hierro de José Ignacio Alvarado y otros artistas.

Ese preámbulo nos lleva a solo alguna parte, de la galería que se ha convertido Barquisimeto. Una placentera narración de Castillo en su casa, cuyas paredes están tapizadas de la geometría y el color de sus obras, así como las reseñas en periódico acerca de sus exposiciones y basta carrera por el mundo.

Sus pisadas fueron firmes en la anhelada Francia y aún se mantiene activo en su taller, libre entre el lienzo, reglas y compás de grandes dimensiones. Sus trazos y medidas siguen siendo exactos, así como la combinación de los colores. "¡Los cuadros toman vida!", cita de su fascinación por la plástica.

Su bigote se despeina aún más cuando sonríe, antes de contar su primera experiencia de arte en la calle. Refleja cierta picardía de esa osadía, producto de su inconformidad en 2.001 con directivos de un reconocido recinto cultural. Pues tomó su escultura caminante de 180 x 30 cm. Se fue a caminar con una especie de maleta larga, liviana y de colores azul, negro y rojo. "La gente se extrañaba de verme así y me preguntaban: ¿Qué es eso? ¿Qué quieres decir?", confiesa Castillo.

Caminaba a paso lento para llamar la atención y se detenía en lugares específicos como El Obelisco, parque Ayacucho, plaza Bolívar, Teatro Juares, entre las avenidas Lara y Leones, Monumento al Sol Naciente, entre otros escenarios que además de sorprender al chofer o transeúnte, invitaba a apreciar la obra y la interacción con el artista. "¡Tú no eres el loco, sino él que te acompaña!", le decía bromeando el recién fallecido pintor, Rubén Díaz Castañeda que registraba esa experiencia.

Otra obra de grandes dimensiones de Castillo es el mural en El Garabatal a orillas de la avenida Ribereña que se empezó en 2.008 y culminó en marzo de 2.009. Una extensión de 1.500 metros cuadrados que fue diseñado en gres y con el sumo cuidado que las altas temperaturas del horno, no desvirtuaran la originalidad de los colores. Exigencia para evitar comprometer la exactitud de su geometría entre los cortes de cada una de las piezas. Una creación que no tuvo inauguración y que actualmente remueven por el deterioro en su totalidad.

Hasta didáctico

La armonía, equilibrio, secuencia y movimiento son los principios de Oswaldo Rodríguez para realizar el pasaje "Oswald art 1" en la acera, frente a su casa en El Jayo de la parroquia El Cují. Lo conocen como "el artista del ingenio" que sorprende a sus vecinos con 4 esferas que incluyen triángulos, rectángulos, rombos, hexágonos y demás formas que aprecie el espectador de acuerdo a la vida que cobren los colores.

Nos recibe en el porche de su residencia, justo bajo la sombra del "árbol de la felicidad", que es un tupido semeruco que cubre de frescura. "Mi inquietud empezó por el mural que pinté en mi casa y entonces pensé: ¿por qué no embellecer la ciudad? Y bueno empecé por la acera", recalca de este comienzo que retomó talleres de formación para niños y jóvenes, así como el compartir del primer "Sopazo" que busca la integración de la vecindad desde la sensibilidad por la manifestación artística.

Rodríguez involucró al colectivo, porque las pinturas fueron regaladas y tuvo que estimar con cuántos colores contaba y así distribuirlos en su diseño inicial en papel. Realizó el inventario y al ver que ya podía trabajar, barrió la tierra y hojas secas de la acera, lavó con suficiente agua y esperó que estuviera seco. Allí empezó con su compás, plantillas y planchas realizadas de radiografías que fueron recuperadas del desecho.

Une la enseñanza como docente, a su pasión por la plástica. "Es llevar el mensaje del reconocimiento de las figuras geométricas, identificar los colores primarios y sus combinaciones, así como la inmensidad de un círculo cromático", refiere del propósito didáctico de esta vitrina, adyacente a la escuela de esta comunidad del norte de Barquisimeto. Plantea "ganar ? ganar" con el aprendizaje para educación inicial, refuerzo en matemáticas y la familiaridad con la expresión artística.

Muy sonriente, mientras comparte varios semerucos, confiesa que decidió responder a la interrogante: ¿Estás dejando algo a la ciudad?, entonces aplicó su práctica del reúso y empezó a reunir todos los envases de pintura utilizada junto a los aportados por algunos vecinos. Allí cogió forma su diseño, al confirmar los colores disponibles y las posibles combinaciones. Define su propuesta de realce a la plástica, que resuelve un problema ambiental, decorativo y didáctico para los niños que aprenden a través del arte.

Consecuente en la calle

Su cabello es teñido de blanco que delata sus 75 años, es de brazos delgados pero con un pulso tan exacto en cada pincelada. Se sienta en un banquito plástico, mientras improvisa un caballete con el trozo de lienzo sostenido en una estructura metálica del "carrito" ?para movilizar sus macundales a diario- y así puede permanecer la mayoría del tiempo. José Sanabria no detiene su musa ante el ruido del tránsito y es reconocido entre los clientes fijos de la panadería del Este, frente al centro comercial Sambil.