Cloacas azotan a habitantes de La Cañada  

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Un habitante tuvo que sacar un tubo por la pared de su residencia para drenar las aguas negras hacia la calle

Un habitante tuvo que sacar un tubo por la pared de su residencia para drenar las aguas negras hacia la calle.

Guiomar López | LA PRENSA DE LARA.- El asfalto termina anegado, teñido de un negro intenso por las espesas aguas residuales que afectan alrededor de 150 familias de La Cañada. Es un trecho largo con doble desbordamiento de cloacas que empieza a la altura del Polígono de Tiros hasta las adyacencias de San Jacinto, por la intercomunal vía a Duaca. Los vecinos claman por su reparación para dejar de estar expuestos a la insalubridad con amenazas de afecciones respiratorias, lesiones en la piel y la propagación del dengue.

Se niegan a acostumbrarse a ese olor nauseabundo en el sector La Tapa, muy cerca del distribuidor del Polígono de Tiros, donde estaban a punto de cosechar varias auyamas en medio de la humedad putrefacta. Elio Cordero dijo que lo más reciente que la municipalidad hizo fue el desmalezamiento del área. "Esta situación tiene unos 8 años, pero desde 2020 el problema es más fuerte", precisa este señor, cuyo portón principal de su casa está al frente de ese derrame. Piden una minuciosa inspección y no limitarse sólo al corte del monte.

Cuando les llega el agua por tuberías a la comunidad o por fuertes lluvias, el cauce putrefacto es más intenso. Un foco de diarreas, vómitos y proliferación de mosquitos. Sólo conocen que la cloaca se abrió por el flujo de agua y colapsó dejando tanta inmundicia.

"Seguimos sin respuesta y nos afecta a niños y adultos, con tantas moscas en nuestras casas", lamenta Meisis Araujo.

A poco metros, la situación es parecida en la entrada principal de la comunidad, donde Yamil Carrillo tuvo que sacar un tubo por la pared de su residencia para drenar las aguas negras hacia la calle, porque la cañería colapsa desde su cocina hasta los baños. Se queja de este problema que arreció hace un mes, debido a los sedimentos arrastrados durante la lluvia y que terminaron depositados en la tanquilla. Afecta tanto a su familia como al negocio que mantiene abierto a las afueras de su casa.

Los transeúntes ya ni se atreven a caminar por esa acera, porque deben brincar en un trecho improvisado de piedras, cargan a sus hijos para evitar que pisen esa agua piche y prácticamente adelantaron la parada de autobuses porque pocas unidades se atreven a pararse en ese foco contaminante. Algunos choferes optan por pegar la buseta a la acera para evitar que pasajeros suban con los zapatos sucios.

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