Mientras estemos en litigio, tenemos todas las puertas cerradas.

Liliana Rodríguez

Vecina

Esta comunidad quedó congelada en el tiempo, hace falta atención.

Zaida Rodríguez

Vecina

Los cisternas no se meten hasta aquí porque se les dañan los cauchos.

Génesis Machado

Vecina

A veces cuando llueve, los cables empiezan a echar chispas y da miedo.

Nancy Linares

Vecina

Queremos agua por tuberías porque vivimos como unos camellos.

Randy Peroza

Vecino

Antes pasaba un camión de aseo que cobraba un producto.

Mireya Mendoza

Vecina

Aquí no hay nada, hace falta que alguien nos visite y nos ayude.

Trina Osorio

Vecina

Tengo 12 años viviendo aquí y hasta ahora no hay ningún servicio.

Eladia Colmenares

Vecina

Iban a construir unas casas, pero esos materiales se están perdiendo.

Esteban Arteaga

Vecino

Con la basura nos toca hacer como los gatos, hay que enterrarla.

Freddy Aponte

Vecino

En Los Próceres, familias padecen por la falta de servicios públicos

Luis Felipe Colmenárez | LA PRENSA DE LARA.- Las carencias derivadas de la pobreza quedan perfectamente retratadas en "Los Próceres", una joven comunidad ubicada al noreste de Barquisimeto, que día a día enfrenta un sinfín de vicisitudes que maltratan el bienestar y la calidad de vida de las 298 familias que actualmente residen en los tres sectores que la conforman.

En el año 2010 llegaron las primeras familias al sector. Tal y como se venía haciendo en otros terrenos abandonados, decidieron construir ranchos para poder independizarse y posteriormente construir una vivienda digna. Sin embargo, hasta el sol de hoy se encuentran sumergidos en carencias que necesitan ser suplidas.

"Esto era un terreno que era utilizado por los malandros para cometer sus fechorías. Aquí picaban carros y tiraban muertos, hasta hace poco se seguían encontrando huesos entre la maleza", relata la señora Liliana Rodríguez, dirigente vecinal que se ha encargado de pelear por beneficios para todos los que hacen vida en la populosa zona.

Ellos tienen claro que los servicios básicos constituyen una de las herramientas más eficaces para erradicar la pobreza e impulsar el ascenso social. Sin embargo, por tratarse de una invasión se encuentran en medio de un proceso legal que no ha sido nada sencillo, y es que el terreno sobre el cual edificaron sus hogares pertenece a un amplio número de personas, que si bien lo tenían en pleno abandono no están dispuestos a renunciar a lo suyo.

"Todas las puertas se nos cierran. No podemos ni siquiera traer una máquina para que aplane la tierra o elimine la maleza, porque las autoridades la sacan", comenta Rodríguez, mientras explica que todo se debe al proceso de litigio en el que se encuentran. Por este motivo, insiste en que es necesario que se llegue a un acuerdo legal para poner fin de una vez por todas a la agobiante cantidad de problemas que los tiene limitados en su transitar hacia la constitución de un vida digna.

El epicentro de sus calamidades radica en la falta de asfalto, y es que al no poder contar siquiera con un patroleo no hay un solo conductor que esté dispuesto a adentrarse a la comunidad por miedo a perder sus cauchos. Aplica, incluso para camiones de aseo urbano y cisternas, situación que abre la puerta a más dolores de cabeza.

"Es horrible el terreno, más de uno ha rodado porque el desnivel es bárbaro. Por ejemplo, yo me caí tres veces estando embarazada, es todo un desafío caminar por estas calles y salir ileso", asevera Génesis Machado.

Asimismo, la comunidad asegura que viven como camellos, debido a que por razones obvias no tienen agua por tuberías y cada vez que aparece un cisterna nuevo, sale prácticamente corriendo para nunca más regresar.

"Aquí sólo queda rezar para que del cielo nos manden agua, porque si bien es cierto que nos llega el Plan Cayapa por parte del Gobierno, pero sólo dan dos pipas por familia y no es suficiente", relata la mujer.

Igualmente ocurre con el servicio de aseo urbano. Las personas se ven en la necesidad de "hacer como los gatos" y enterrar sus desechos en el patio. Otros prefieren caminar algunos kilómetros hasta donde ya no hay viviendas para dejar las bolsas y en algunos casos prenderlas en fuego.

Y es que ni siquiera pueden contar con servicio eléctrico propio, 90 ranchos se encuentran conectados ilegalmente del cableado ubicado en la avenida principal. Otros se abastecen de dos transformadores que con mucho esfuerzo lograron comprar con dinero de su bolsillo.

Pero la realidad es que sea cual sea la manera mediante la cual reciben la carga eléctrica, esta no termina de ser suficiente y no les da cancha abierta para utilizar cocinas eléctricas, neveras y aires acondicionados, artefactos que están terminantemente prohibidos en el sector.

Cuando llega la lluvia muchos terminan con el Jesús en la boca, pues los "chispazos" que salen del cableado son de espanto y brinco, ya que los pone a pensar en la posibilidad de que la vivienda que construyeron con tanto esfuerzo termine en llamas.

Piden ayuda

Dentro de la comunidad abundan personas que claman por una mano amiga. Tal es el caso de Trina Osorio, una joven madre de cuatro niños que se encuentra viviendo de la caridad de sus hermanos. Trina está enferma de los riñones y constantemente sufre de dolores que le impiden movilizarse; sin embargo, esa no es razón para no hacerse cargo de sus retoños, cuyas edades van desde los 4 meses hasta los 10 años. Había una quinta niña, pero lamentablemente falleció el año pasado a causa de una cardiopatía.

Como pudo, Trina se acomodó junto a los niños en el modesto ranchito con ayuda de sus familiares, pues el papá de los tres niños mayores y el del bebé de cuatro meses se encuentran desligados por completo de sus responsabilidades paternas.

"Hace días le escribí al papá de la bebé para decirle que había llegado la bolsa y me bloqueó. No puedo contar con ellos", dice Trina mientras relata lo duro que es sacar adelante a sus chamos sin ingresos económicos.

Ranchos predominan en el sector

Ranchos de un lado y ranchos del otro. Son contadas con los dedos de las manos las viviendas que fueron construidas con materiales resistentes en el sector, debido a que los habitantes en su mayoría son de recursos limitados y se arropan hasta donde la cobija les alcance.

Zinc, acerolit y madera son algunos de los materiales que más se ven en la comunidad. Hay una que otra vivienda que con esfuerzo puede ser construida a base de bloques.

Tal es el caso de la señora Mireya Mendoza, quien logró dar forma a una casa digna para ella y sus dos hijos gracias a su trabajo limpiando casas.

"Ahí voy poco a poco, aún me faltan muchas cosas que quiero hacer, pero Dios nunca abandona", dice mientras eleva su mirada al cielo.

Los vecinos aseguran que hace seis años el Gobierno les ofreció materiales para construir 10 casas. Sin embargo, en medio del conflicto legal que atraviesan decidieron paralizar el proyecto.

"Aquí hay muchas casas que quedaron sólo con la losa y la gente sigue viviendo en sus ranchos", cuenta el señor Esteban Arteaga, quien además destacó que el material que les otorgaron en esa ocasión se está deteriorando.

Afirman que es necesario contar con un lugar seguro y estable, donde tanto ellos como sus familiares puedan sentirse seguros.

Viven entre monte y culebra

"Los gritos se escuchan en Las Trinitarias", comenta entre risas la señora Nancy Linares, para referirse al susto que se llevan cuando las culebras comienzan a salir en la comunidad debido a la cantidad de monte que los rodea.

Corales, mapanares y cazadoras son las que más se ven en la zona. Para ellos es aterrador pensar que en algún momento se irán a dormir y uno de estos reptiles los esté esperando en la cama. Aseguran que no se ha reportado algún hecho que lamentar; sin embargo, dicen haber sido víctimas de otros tipos de animales, como ciempiés, cuyas mordidas han puesto a gritar a más de uno mientras se retuercen del dolor.

Afirman que no sólo deben vivir con esa preocupación constante, sino que además deben pensar a dónde acudir en momentos como ese. Pues en primer lugar no hay vehículos para trasladarse hasta un centro asistencial y el más cercano es el Hospital Militar, donde al llegar les dicen que deben acudir directamente al Antonio María Pineda.

"A mí me picó un ciempiés y me tocó irme a pie hasta allá para terminar devolviéndome con el mismo dolor y prendida en fiebre", dice Génesis Machado.

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