Hace falta que instalen cloacas porque no hay terreno para sépticos.

María Lovera

Vecina

Para tomar un bus es necesario caminar 1 kilómetro hasta la vía principal.

Duno Raimund

Vecino

Nos toca comprar agua a cisternas y es un duro golpe para el bolsillo.

Remigio Linares

Vecino

El agua es un dolor de cabeza, nos toca rendirla hasta más no poder.

Juana Mendoza

Vecina

Gracias a Dios hemos logrado muchas cosas, pero aún nos falta.

Yulian Martínez

Vecina

Me toca subirme en el cerro para agarrar un poco de señal en el teléfono.

Yusmerly Briceño

Vecina

En el barrio Morrocoy los servicios llegan al paso de su nombre

Luis F. Colmenárez | LA PRENSA DE LARA.- "Morrocoy no sube palo ni cachicamo se afeita". Esa frase es utilizada por la señora Coromoto Ramírez, para describir lo difícil que ha sido el acceso a los servicios públicos en el barrio Morrocoy, un populoso sector ubicado al oeste de Barquisimeto, donde la calidad de vida de sus habitantes es constantemente golpeada por la desidia y el abandono gubernamental.

No hay una fecha exacta que diga cuándo fue fundado. Los vecinos sólo guardan en sus memorias que sus abuelos vivieron en el lugar; sin embargo, desconocen el momento exacto en que arribaron las primeras familias. Sacando cuentas, estiman que han pasado más de 100 años y en todo ese tiempo ha sido poco el cambio que se ha logrado visualizar.

Para todos, la mayor calamidad es la falta de agua por tuberías. Esta llega sólo los días domingos por un lapso de apenas cuatro horas, entre el apuro alcanzan a llenar cada uno de los envases que tienen en sus casas, pero en ocasiones el bombeo se ve interrumpido y quedan tan secos como el desierto.

A diario elevan las plegarias al cielo para que Dios les mande un poco de agua que los mantenga tranquilos por lo menos por siete días.

"No es seguro que los domingos vayamos a tener agua. Hay veces en las que se va la luz y se dan fallas en los motores, eso nos deja mirando lejos. Por ejemplo, desde hace cuatro semanas no ha llegado nada, menos mal el Gobierno nos mandó el Plan Cayapa y pudimos dar dos pipas por familia", comenta el señor Duno Raimundo, uno de los dirigentes vecinales.

Este despacho no fue suficiente para muchos, ya que la cantidad que ofrecen se consume en menos de una semana y se ven en la costosa necesidad de recurrir a la compra en camiones cisternas que venden una pipa por 1 dólar, llegando a pagar hasta 5 billetes verdes para poder llenar sus tanques.

Sobre las calles de tierra se ve pasar de un lado al otro a personas con tobos y pipas. Para ellos, el vital líquido es el recurso más preciado y lo cuidan como tal; sin embargo, la solidaridad está a la orden del día y si algún vecino necesita unos cuantos litros, no dudan en regalar.

Denuncian que el 70% del barrio ha pasado a ser una boca de lobo, pues la oscuridad se ha apoderado de las calles como consecuencia de la falta de luminarias.

"Hubo un señor que dijo ser de Corpoelec y se llevó todos los bombillos porque, supuestamente, iban a repararlos, pero la verdad es que nunca volvió y ahora estamos en penumbra", reporta Coromoto Ramírez.

Ahora los vecinos han comenzado a instalar bombillos al frente de sus casas, para por lo menos brindar un poco de seguridad a quienes caminan en las noches por la zona.

"Esos bombillos los ponemos cuando cae la noche y los retiramos cuando amanece, porque por aquí hay más de un vivo que si nos descuidamos nos bailan cualquier cosa que dejemos mal parada", dice Ramírez entre risas.

La comunidad relata que en años anteriores la delincuencia no daba tregua, pero en la actualidad muchos de los hampones emigraron, murieron o se encuentran tras las rejas, haciendo que las personas puedan vivir más calmadas en la comunidad y sin la mortificación de ser despojados de lo poco que tienen.

Para ellos, también es indispensable el proyecto del asfaltado, y es que alegan que cuando llega la temporada de lluvias más de uno queda preso en su casa sin poder salir a la escuela o al trabajo.

"¡Gracias a Dios el suelo es medio duro y se seca rápido!, pero hay ocasiones en las que de verdad todo se nos complica", comenta el señor Duno,

quien acota que aunque han presentado el proyecto en reiteradas oportunidades, no han recibido respuesta alguna por parte de los organismos del estado.

Es todo un dolor de cabeza dicho problema, ya que para poder tomar un bus deben caminar un kilómetro hasta la vía principal, por lo que tienen que salir hasta media hora antes de lo previsto para alcanzar llegar a tiempo.

De igual manera, dicen sentirse en el último rincón del mundo, dado que la señal telefónica es nula y el servicio de internet es inexistente. Para poder leer uno que otro mensaje, las personas deben subir hasta la punta de un cerro y elevar el celular con el objetivo de captar cobertura.

Es increíble que en todo el tiempo que ha transcurrido desde su fundación, tan sólo un 10% haya logrado tener acceso al servicio de aguas servidas. El resto de la comunidad tuvo que optar por cavar pozos sépticos, que a la larga terminan llegando a su nivel máximo.

"Necesitamos las cloacas, porque en mi caso ya he cavado tres pozos sépticos y de un momento a otro me voy a quedar sin terreno", declara en medio de la preocupación la señora María Lovera.

El olor a ganado es otra de las características del barrio Morrocoy, y es que son varias las familias que decidieron fomentar la actividad agropecuaria para alimentarse y además tener un plan b en caso de quedar sin ingresos económicos.

"Muchos crían vacas porque sacan leche de ellas y bueno, son entradas extras. Pero también hay quienes venden las reses y los chivos para comprar otro tipo de comida", dice el señor Juan Peña.

Con respecto a las siembras, lo que más se ve en los patios de las casas son el maíz y la parchita.

Al ser cuestionados sobre el servicio de aseo, los vecinos afirman que una vez al mes son visitados por un camión que se encarga de recoger todos los desechos, aún así, alegan que hace falta mayor regularidad porque con el transcurrir del tiempo las bolsas comienzan a emanar mal olor y a producir gusanos.

"Hay gente que prefiere quemarlas cuando el hedor ya no se aguanta, no es lo más recomendado, pero a veces no queda de otra", expresa Juan.

Piden al Gobierno una mano amiga para ver consolidada de una vez por todas la comunidad.

Piden una vivienda digna

De las 460 familias que han hecho vida en el barrio, hay 144 que viven en condiciones deplorables dentro de ranchitos elaborados con zinc o bahareque.

La limitación de recursos les ha hecho imposible soñar con tener una casa segura y sin riesgos que puedan dejar como herencia a sus hijos. Su única opción es que el Estado se coloque la mano en el corazón y retome las obras que dejó abandonadas hace siete años.

En el año 2015 fueron construidas 18 casas y hasta el sol de hoy el resto de los vecinos se mantiene esperando por las suyas. Hay algunas que han comenzado a caerse y con uno que otro esfuerzo, la misma gente ha logrado recuperarlas.

Tal y como ha ocurrido con el resto de los proyectos, cada una de las propuestas que han presentado ante los organismos correspondientes han sido ignoradas.

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