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En la comunidad Valle Esperanza claman por mejor calidad de vida

Ana León | LA PRENSA.- Con tomas de agua improvisadas, cloacas tapadas, tomas de luz ilegales, sin aseo, con roedores, serpientes y alacranes viven las más de 300 familias de la comunidad Valle Esperanza -Mamá Rosa quienes claman a los organismos del Estado una solución que contribuya para mejorar su calidad de vida.

Somos un sector olvidado. La gente nos denigra por vivir en un rancho pero nosotros no tenemos la culpa de no tener una vivienda digna. Queremos y necesitamos una ayuda del gobierno”, expresó Rosángela Martínez, manzanera del consejo comunal.

Villa Esperanza – Mamá Rosa está ubicada en Piedad Norte, en el municipio Palavecino, tiene ocho años de fundada y está conformada por cinco sectores: El Sorgo, El Tereque, Manuelita Sáenz, Cabudarin y Cruz del Valle. La comunidad cuenta con nueve calles de arena que de vez en cuando son arregladas por los mismos vecinos que ante las adversidades luchan por mantener la zona arreglada.

Habitantes manifestaron su deseo de gozar de los servicios básicos de forma legal y pagar por ellos. Admiten que para poder mantener los alimentos congelados, no padecer por el calor y tener luz en la vivienda, se han visto obligados a conectarse de forma ilegal para tener energía eléctrica, pero saben que están perjudicando a personas de otras urbanizaciones cercanas.

Las conexiones ilegales han ocasionado a su vez, un peligro latente. Los cables están guindando a escasos metros de sus cabezas pues no tienen ni para improvisar un poste.

Vecinos aseguran que nunca han recibido la visita de la alcaldesa Mirna Víes, afirman que lo más cercano que ha llegado es hasta la base de misiones.

La última vez que estuvo cerca la alcaldesa, algunos habitantes y miembros del consejo comunal de Valle Esperanza – Mamá Rosa fueron a buscarla para que constatara la situación en la que viven, pero ella dijo que no estaba “recorriendo comunidades”, sino que estaba en un evento muy específico y desde entonces no la han vuelto a ver.

“Nosotros quedamos en el olvido. Todo lo que hacemos es gracias a nosotros mismos, mano de obra y dinero invertido”, enfatizó Ana Espina, manzanera del consejo comunal, mientras caminaba por el sector mostrando su “realidad”.

La mayor parte de las casas son ranchos improvisados de lata y madera. Sólo hay cinco viviendas de bloque.

El Simoncito, el dispensario y la escuela que tenían planeada construir para la comunidad quedó fue en el recuerdo de los fundadores de la comunidad, pues por más que han querido accionar el proyecto siempre se los engavetan.

Residentes exigen que así como buscan votos también busquen ayudarlos a resolver sus necesidades.

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Karla Torres

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